Busto de Melchor de Talamantes en San Isidro, Lima, obra del escultor Raúl Franco. Fray Melchor Talamantes y Baeza, Mercedario Limeño, Protomártir de la Independencia de México *
Por: Teodoro Hampe Martínez (Historiador peruano)
Parece casi un milagro, obtenido gracias a la generosa intercesión de Nuestra Señora la Virgen de las Mercedes, que podamos realizar esta ceremonia el día de hoy, en que se cumplen puntualmente doscientos años de la triste desaparición del Padre Fray Melchor Talamantes en los calabozos de San Juan de Ulúa, Estado de Veracruz. Debo señalar que la iniciativa para esta ceremonia partió de mí y fue de inmediato acogida por el Señor Alcalde de San Isidro, distrito que cuenta desde hace más de treinta años con este parque dedicado a honrar la memoria de Talamantes. Pero debo confesar que la idea me surgió el año pasado, cuando visité un par de veces la República Mexicana, y fui abordado por algunos colegas de ese país que estaban empeñados en recordar a Talamantes como un prócer de la Independencia de México.
Porque el Padre Talamantes es mucho más recordado y querido en su patria de adopción que en la tierra que lo vio nacer. No en vano se halla su nombre en el Paseo de la Reforma de la Ciudad de México, grabado sobre la columna del Ángel de la Independencia, junto a otros valerosos personajes que entregaron su vida por la causa de la emancipación. Fray Melchor Talamantes y Baeza es sin duda un abanderado de la voluntad popular, un paladín de la separación política de España y, por ello, un adelantado de los "curas revolucionarios" (como se decía entonces) - Hidalgo y Morelos.
En su alocución el Padre Provincial se ha referido ya a la dimensión religiosa de Fray Melchor Talamantes que, inspirado por Jesucristo, el Redentor de la humanidad, pudo discernir lo que significaba predicar la verdad y la integridad de los hijos de Dios en torno a la libertad de los pueblos. Es por ello que como religioso divulgó y defendió la fe en el Dios de la Vida y como hombre fue protagonista de lo que significaba sufrir para ser libre frente a los ojos de Dios. El Padre Talamantes fue un religioso culto, preparado para litigar con fundamentos, tuvo habilidad para el discernimiento y sus capacidades las aprovechó para luchar y defender la vida y la libertad. Por esto se ganó el querer de la gente, de los que dirigían la vida religiosa, y también de aquellos que elucubraban las gestas de la emancipación y la libertad.
Por su parte, el Señor Embajador de México nos ha traído el testimonio de gratitud y reconocimiento por este prohombre limeño, que figura con relieve en los orígenes de las relaciones culturales y sociales entre el Perú y México.
Ustedes han recibido un folleto que contiene con amplitud la disertación que he preparado para destacar los aspectos más saltantes de la vida y obra de Talamantes. Por esto no me dilataré ahora en dar lectura a ese texto. Solamente quisiera referir algunos puntos resaltantes, una serie de anécdotas personales, que pueden brindarnos un acercamiento más íntimo a la figura y el pensamiento de aquel fraile de la Orden de la Merced.
Melchor Talamantes y Baeza nació el 10 de enero de 1765 en la ciudad de Lima, en el hogar formado por don Isidoro Vicente Talamantes, hijo de un militar valenciano, y la limeña doña María Josefa de Baeza. Su primera educación estuvo a cargo del mercedario fray Manuel de Alcocer, desde 1775. A la edad de 14 años tomó el hábito e ingresó al noviciado de la Real y Militar Orden de Nuestra Señora de la Merced, comunidad religiosa que en el virreinato del Perú tenía una importancia y consideración mucho mayor que en otras partes de América. En enero de 1781 emitió los votos religiosos en el Colegio de San Pedro Nolasco, perteneciente a la congregación mercedaria, ante su rector Fr. Jerónimo Calatayud, destacado orador y colaborador del Mercurio Peruano. Siendo un joven de inteligencia bien dotada, fue alumno brillante en el mencionado Colegio, donde cursó los estudios de Filosofía y Teología. Por este mismo tiempo realizó sus estudios superiores en la Universidad de San Marcos de Lima, con la sólida formación gramática, lógica y retórica que caracterizaba a esta institución.
El 19 de noviembre de 1789, en la iglesia del Sagrario de la Catedral, fray Melchor recibió la ordenación sacerdotal. En el capítulo provincial de 1792 fue nombrado Regente Mayor de estudios en el Convento grande de la Merced de Lima, y en el de 1798 reelegido para dicho cargo. El 10 de noviembre de 1789, nueve días antes de su ordenación sacerdotal, el Rector de la Universidad de San Marcos nombró a Fr. Melchor Talamantes y Baeza, entonces bachiller en Artes y Teología, como regente de la cátedra de nona de Teología. Luego se desempeñó, durante dos años, como asistente del virrey del Perú don Francisco Gil de Taboada y Lemus.
En 1796 solicitó su liberación de la Orden de la Merced y pidió ser trasladado a España, realizando el viaje a través de México. Esta petición fue concedida el 20 de septiembre de 1798 por el padre provincial, fray José Pagán, otorgándole licencia para votar en un capítulo general y arreglar de paso diversos asuntos de familia. Entre los documentos personales que Talamantes llevaba consigo en el viaje estaba la licencia del virrey del Perú autorizándole a pasar a España, junto con certificaciones y letras comendaticias sobre su persona de las autoridades de la Universidad y de la curia eclesiástica.
Talamantes se embarcó en el Callao realizó una breve escala en Guayaquil. Arribó a su puerto de destino, Acapulco, el 26 de noviembre de 1799. Luego se dirigió a la ciudad de México, donde se presentó a los superiores del Convento grande de la Merced y mostró las credenciales y licencias que llevaba. Como era de rigor, los religiosos mexicanos le brindaron fraternal acogida en el convento de la capital, hasta tanto se hubiesen hecho las paces entre España e Inglaterra, que estaban en guerra; se supone que entonces el religioso pasaría a la Península.
Escribe doña Emilia Romero de Valle que el religioso limeño "al poco tiempo de llegar a México logró trabar amistad con la flor y nata de la intelectualidad de entonces, encontrando amplio campo para sus actividades y distinguiéndose al mismo tiempo por sus dotes oratorias y su sólida instrucción". Por su parte, Luis González Obregón, el primero que intentó una biografía de Talamantes, afirma que fue "muy elocuente como orador sagrado" y que los sermones que predicó en México "le conquistaron envidiable reputación entre las personas doctas de su tiempo".
Su gran erudición, su mente brillante y su irresistible oratoria de inmediato le ganaron reconocimiento y amigos, pero despertaron al mismo tiempo la animosidad y la envidia. En 1807 fue nombrado jefe de la comisión encargada de determinar los verdaderos límites de los Estados de Texas y Luisiana, tarea en la que se ocupó diligentemente durante un año. Talamantes hizo una lista completa de bibliotecas y archivos, así públicos como privados, que debía utilizar para el desempeño de su misión. Luego dio comienzo a una nutrida comunicación epistolar con personas y autoridades en torno al asunto, nombrando corresponsales suyos allí donde fuese necesario. Pronto la celda que ocupaba el religioso en el convento de la Merced se convirtió en gabinete de estudio, adonde empezaron a llegar legajos, pergaminos, crónicas antiguas, libros viejos, cartas, mapas, planos y derroteros relativos a la materia. El religioso se dedicó a la clasificación y examen minucioso de cuanto documento fuese útil para su comisión.
Cuando la noticia de la intervención de Napoleón en España llegó a México, el impulsivo fraile quedó profundamente agitado y se unió a los criollos liberales con el argumento de que la deposición del legítimo rey de España había devuelto la soberanía a la población de las colonias. La estrategia de los grupos criollos resultaba clara en ese momento: el robustecimiento de los poderes locales era la única garantía de oposición al despotismo que ejercían el virrey y la Real Audiencia y, por tanto, su acción estaba encaminada a producir una fisura en el ente colonial lo suficientemente profunda para tener cabida en la toma de decisiones políticas y, más aun, en la asunción total de la capacidad de mando. Dentro de esta perspectiva, la junta propuesta por el grupo criollo debería estar compuesta por diputados nombrados por todos los cabildos del país, los que en su totalidad integrarían una especie de Congreso Nacional, capaz de enfrentarse políticamente a la obtusa autoridad virreinal.
A pesar de que en los planes de los criollos no figuraba la emancipación de España, la consecuencia natural de sus propuestas apuntaba a prescindir, en un momento dado, de la autoridad del rey y de su figura, ya meramente simbólica, dejando a la nación en condiciones de constituirse a sí misma con arreglo a otros lineamientos. Fray Melchor Talamantes, en sus Advertencias reservadas del 12 de septiembre de 1808, señalaba que "aproximándose ya el tiempo de la independencia de este reino, debe procurarse que el Congreso que se forme lleve en sí mismo, sin que pueda percibirse de los inadvertidos, las semillas de esa independencia sólida, durable, que pueda sostenerse sin dificultad y sin efusión de sangres".
Era, pues, evidente que Talamantes no quería que se retardase la unificación política, comercial e ideológica de los territorios novohispanos, e hispanoamericanos en general, pues deseaba llevar adelante el proyectado Congreso y poner cuanto antes en marcha la anhelada unificación de las poblaciones indianas. En este sentido, se vinculaba con los postulados formulados por su compatriota Juan Pablo Viscardo y Guzmán, en su famosa Carta a los españoles americanos, de 1791.
Pero el 15 de septiembre de 1808 un grupo de 300 conspiradores encabezados por Gabriel de Yermo, rico comerciante, da un golpe de Estado que depone al virrey en funciones, Iturrigaray, declarando al octogenario mariscal Pedro Garibay como nuevo virrey de México. Al día siguiente se mandó arrestar, por sospechoso de "infidelidad al rey de España y de adhesión a las doctrinas de la independencia de México", al P. Fr. Melchor Talamantes y Baeza, a quien se le decomisaron diversos papeles manuscritos cuyo contenido "conspira a introducir la libertad e independencia". También se le incautaron los documentos relacionados con la comisión investigadora de los límites entre Texas y Luisiana. Esa fecha se inició la causa en su contra, formada por las jurisdicciones civil y eclesiástica.
Convertido en reo por motivo de sedición y alteración del orden público, Talamantes fue conducido al convento de San Fernando, de la Orden franciscana, y después a las cárceles del Arzobispado y de la Inquisición. Con gran actividad se le empezó formar un proceso de infidencia, pero viendo que se defendía con suma habilidad y talento, sin comprometer a nadie y confundiendo muchas veces a sus jueces, el fiscal Sagarzurrieta pidió la pena de muerte para él. Entretanto se le retuvo en tan estrecha y cruel cautividad que llegó a desesperarse y a pensar en el suicidio, como sin reticencias lo dijo a sus carceleros. Para evitar un acto de esta clase fue enviado a Veracruz el 10 de abril de 1809, después de casi siete meses de rigurosa prisión. Al llegar allí se le confinó en unos calabozos del castillo de San Juan de Ulúa mientras era tiempo de que diese a la vela el buque que debía llevarlo a España, a donde se le mandaba para que las autoridades de la Península dispusiesen de su suerte.
La terrible enfermedad del vómito, o el cólera, que en esa época azotaba la costa del golfo de México, hizo presa de él y le produjo la muerte el 9 de mayo de 1809. Fray Melchor Talamantes tenía entonces 44 años de edad. En las semblanzas biográficas que se han escrito sobre el personaje, se ha destacado la crueldad de su última prisión. Emilia Romero de Valle refiere: "Sus contemporáneos aseguraron que la crueldad de los verdugos llegó al extremo de no haberle quitado los grillos sino en el momento de sepultarlo". Su cuerpo fue inhumado en el cementerio de La Puntilla, situado en el mismo peñasco donde se levanta el castillo de San Juan de Ulúa.
Sin embargo, podemos decir que fray Melchor murió en paz. Él le había dado un profundo sentido cristiano a la misión independentista que se impuso, fundada ciertamente en el encargo que Moisés recibiera del propio Dios cuando le encomendó elegir jefes de gobierno, jefes de los ejércitos y, sobre todo, a los sacerdotes que debían gobernar al pueblo escogido de Israel. Un ilustre estudioso de la vida y obra de Talamantes, don Carlos Henriod de los Ríos, considera que esta raíz evangélica fue la que nutrió el pensamiento del sacerdote limeño, protomártir de la independencia de México, e impregnó la actuación de todo el clero patriota en la lucha por la emancipación.
No quisiera terminar estas palabras sin retomar el hilo de las declaraciones que hacia al comienzo de mi alocución. La realización de esta ceremonia no hubiera posible sin el concurso y la valiosa colaboración de una serie de personas e instituciones que me permito mencionar ahora. En primer lugar, la Provincia Mercedaria del Perú, donde recibí la generosa acogida y la dadivosa entrega material y personal de una "divina trinidad" conformada por Monseñor Severo Aparicio Quispe, Presidente de la Academia Peruana de Historia Eclesiástica, el Padre Juan Carlos Saavedra, actual Superior Provincial de la Orden de la Merced, y el antiguo Provincial y diligente hombre de letras que es el Padre Juan Marcial Tejada. También agradezco a la Embajada de México en el Perú, representada en este acto por el Señor Embajador don Antonio Villegas y por el Agregado Cultural don Carlos Enríquez Verdura, quienes además hicieron posible obtener un subsidio de la empresa Latinamerican Trading S.A. para contribuir a los gastos de este nuevo monumento. Y por último, valga mi agradecimiento a la Municipalidad de San Isidro, distrito que acaba de cumplir 78 años de vida. La auspiciosa recepción del Alcalde señor Meier fue complementada por mis positivas relaciones con los funcionarios y funcionarias de la Gerencia de Desarrollo Urbano, la Subgerencia de Comunicaciones e Imagen y la Subgerencia de Cultura.
Last but not least, agradezco a mi buen amigo el escultor Raúl Franco Ochoa, que ha puesto toda su savia y pasión en este hermosa imagen de un Fray Melchor Talamantes orador por la causa de la Independencia, y que enaltece el parque ahora nuevamente modelado.
A todas estas personas, y a todos ustedes aquí presentes: muchas gracias.
* Discurso pronunciado en el parque Melchor de Talamantes del distrito de San Isidro (Lima) el 9 de mayo de 2009, conmemorando el 200 aniversario del fallecimiento del peruano mártir de la independencia de México.